martes, 22 de mayo de 2012

Twitter y otras cosas

Os voy a asegurar una cosa: Twitter me permite soltar más paridas por minuto que el blog. Eso y que el blog tiene ahora mismo una torrija temática tremenda hace que me desprenda cada vez más de esta herramienta.
Pero, centrémonos en la torrija temática: ya dije, hará cuatro años, que jamás hablaría de política. También eran buenos tiempos, todos éramos felices y la política existía. Creo que en realidad no voy a romper esa promesa; hoy día la política no existe, existe la economía. ¿Voy a hablar de economía? No creo. Se lo dejo a los grandes intérpretes económicos del país, los periodistas. (Tendré una manada de periodistas furiosos enseguida, espero que no).
Pero a fin de cuentas, voy a hablar. ¿Porqué no? No tengo gran idea de objetivos macroeconómicos ni tengo datos de gran calado, pero hoy día todo quisque habla de política y economía. Una subida del euribor ya no significa que suban los hipotecas, significa que sube el pan: todo el mundo se dedica a hacer análisis apocalípticos, y algo caerá.
Y seguiré con mis críticas literarias, claro que si, me he leído todo lo que hay de Canción de Hielo y Fuego. Son miles de páginas de literatura comercial, algo demasiado fácil y apetecible de criticar para un intento de gafapasta como yo.
Por último, diréis para qué narices sirven estas cosas... para nada, pero me quedo más contento dejando claro lo que voy a hacer

miércoles, 7 de marzo de 2012

Madame Bovary



La gente me pregunta porqué no leo novela actual. Quizás lleven razón y me esté perdiendo el fenómeno de  Juego de Tronos o todas las aventuras del capitán Alatriste. Pero teniendo clásicos, auténticas obras maestras de la talla de Madame Bovary, Guerra y Paz o Julio César  de Shakespeare, además a buen precio y perfectamente estudiadas en sus prólogos, no me queda más remedio que leerlas, buscando y corroborando si en realidad son tan buenas.
Madame Bovary, como dijo Vargas Llosa, tiene rebeldía, melodrama, violencia y sexo. Estos cuatro ingredientes son los elementos básicos de cualquier novela: una historia de amor y aventura. Pero Flaubert, gracias a su gran narrativa, a su parsimonia, a su genio, logra hilar estas cuatro hebras para hacer una pieza magnífica.
El argumento gira en torno a Emma Bovary, una insatisfecha burguesa que, tras leer en su juventud muchas novelas románticas, llega a querer sentir lo que sentían sus protagonistas. A pesar de la acomodada vida que le ofrece Charles, su abnegado marido, el cual la quiere, Emma comienza a tejer una segunda vida llena de infidelidad y lujuria que traerá consigo nefastas consecuencias.
La novela tiene un ritmo lento, parsimonioso, a pesar de no ser muy extensa (unas cuatrocientas páginas) y abarcar un período de varios años. Esto lo logra cambiando el ritmo varias veces, deteniéndose en ciertos puntos (como los comicios) o avanzando grandes períodos de tiempo en unos párrafos.
Es una novela eminentemente realista. Esto dibuja a unos personajes mediocres y burgueses en situaciones de novela romántica. La acción y el tiempo se desarrollan en la provincia de Ruán, al norte de Francia, en un ambiente puramente rural. De esta forma, el lector ve de forma patética los arrebatos amorosos de Bovary, que cree emular a las heroínas de sus novelas de juventud, o a Homais, el docto farmacéutico aquejado del delirio ilustrado. Es una novela donde lo ideal choca abruptamente contra la realidad; esto puede verse en cualquier momento de la obra. Tanto en los problemas económicos de los Bovary por los excesos románticos o como en los flirteos entre gallinas y hortalizas de los protagonistas, hay impedimentos para que la volátil y visceral Emma encuentre ese delirio amoroso que tanto anhela.
Si bien el principal tema de la novela es la insatisfacción y la infidelidad de Bovary, en la novela se tocan otros temas secundarios como la posición social, el eterno debate entre religión y ciencia o la propia medicina, muy presente en la obra.

Ya a título personal, creo que he tratado con una increíble novela que, pese a ser pesada a ratos, es magnífica y tiene una profundidad y un argumento colosal. Su lectura es fácil gracias a su estilo, sobrio y cuidado, en tercera persona. Tiene un marcado carácter psicológico, donde los personajes quedan perfectamente bien definidos ora por las conversaciones que mantienen entre ellos ora por la descripción narrativa.
Impotencia. Impotencia es lo que puede sentir un lector al leer cómo el clan de los Bovary sucumbe ante los caprichos de Emma. O quizás pena por Charles (Carlos en mi edición en un absurdo intento de castellanizar), o empatía por madame Bovary. El abanico de situaciones es amplísimo, y la lectura que se haga de la novela dependerá de nuestras experiencias vitales. Es una novela carente de maniqueísmos y juicios superficiales.
Por último, no puedo dejar de ver cierta "quijotización" en la novela. Así, mientras que Emma vuelve al mundo real poco antes del fin de la novela, el apacible Charles entra en un delirio de amor propio de su esposa, lo que llevará ya a la tragedia total. La corrupción se adueña de toda la novela en sus últimas páginas, dejando un panorama desolador ante el lector.
Una novela muy recomendable, con personalidad y estilo característicos que la han hecho encumbrarse al Olimpo de la literatura no sin falta de razón.

sábado, 21 de enero de 2012

La ciudad del azahar




Si hay un género novelístico que esté en boga, ese es la novela histórica. Es una novela que atiende a varios tópicos: personajes planos, historias de amor azucaradas, viajes, giros argumentales inesperados... todo ello dentro de un determinado marco histórico.
La novela que nos ocupa es La ciudad del azahar de César Vidal. Es otra de estas novelas que parecen que las editoriales pagan al peso, debido a su volumen, con una historia sencilla y unos personajes tipo.
La historia trata sobre Qamar, una joven de Bagdad, viaja a Al-Ándalus para encontrar un laúd de cinco cuerdas. Es rubia, zurda y con los ojos azules, malas señas para el islam. Por si fuese poco, nada mas desembarcar es tomada por esclava y viajará por prácticamente todas las cortes ibéricas del momento.
La novela tiene un personaje principal, Qamar, la cual vivirá mil aventuras y un gran amorío. Se codeará con personajes de relevancia histórica y será testigo de los grandes acontecimientos que marcarán la historia de la Reconquista. El amor, la pasión, la violencia, las intrigas, la muerte, la sharia y la religión son temas fundamentales de una novela que se va desenvolviendo tratando de captar al lector y que, siendo justos, lo consigue en momentos.
Está escrita en primera persona, con un estilo sencillo, aunque muy metafórico. Lejos de embellecer, las metáforas se vuelven cansinas (la metáfora del alcotán ya me chirria; el que la lea entera sabrá a qué me refiero). No obstante, habría que resaltar el uso de los arabismos, todo un despliegue de léxico que sin duda alguna nos enseñará alguna palabra que otra.
Los capítulos vienen precedidos por una enseñanza vital (algunos son cuentos clásicos o historias bíblicas) que rompen el ritmo narrativo, pues el autor deja capítulos inconclusos a posta para tratar de enganchar al lector.
Si tuviese que quedarme con algo de la novela, sería el sentimiento de confusión que infunde al lector, probablemente una confusión igual que la que siente la protagonista. Esto se consigue mediante el uso de los arabismos en topónimos y nombres, y no siendo demasiado pródigo en explicaciones geográficas. Para aquel que no sepa demasiado de la Edad Media en España se perderá ante ciudades como Shaliquiya y, si quiere orientarse habrá de mirar un libro de historia o irse al glosario de arabismos que el autor coloca al final de la novela.
Sin embargo, esta novela peca, como muchas actualmente, de carecer de profundidad psicológica y moral. Y no es que el autor no pretenda dar lecciones con esta novela (que las da, hablaré de ello más adelante) sino que los personajes carecen de desarrollo y la delgada línea del bien y del mal está trazada desde el principio de la novela.
Los personajes apenas mutan; el lector identificará rápidamente a los buenos y a los malos de la novela. Los únicos que parecen cambiar un poco son Qamar (lo cual veo lógico cuando una novela de 700 páginas se centra en un personaje) y Aberramán (no aparece numerado en la novela pero es Abderramán III), y este último por motivos mas históricos que novelísticos. Sin embargo, la conversión religiosa de Qamar se toma con una ligereza que yo consideraría de impropia.
El mensaje de la novela está claro: desmentir la famosa Córdoba de las tres culturas, mostrando la dominación que árabes hacían sobre musulmanes hispanos, cristianos y judíos. Aparte de esta revisión histórica, la novela va cargada de un mensaje religioso cristiano que hará que muchos lectores renieguen desde el principio de ella y a otros les resulte cansino y cargante. Va cargada con una moralina buenista y bienintencionada que yo por lo menos no comparto.
Asimismo, pese a que el autor diga lo contrario en su nota al final de la novela, creo que vuelve a existir una adaptación de la mentalidad moderna a un contexto histórico tan diferente como es Al-Ándalus del siglo X. No obstante, concedo este último campo al autor, dado que es un auténtico experto en la materia (y así se afirma al principio del libro) porque nos hallamos ante realidades marcadas indeleblemente por el sello de lo eterno. Aunque no me convence.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Diez años

Hoy se cumplen diez años desde que se estrellaron los aviones en el World Trade Center. Aquella mañana los Estados Unidos bajaban de su trono y veían horrorizados como ellos eran atacados, como sus calles se llenaban de coches calzinados y su gente moría en un ataque aéreo. "Me sentía como un presidente en tiempos de guerra" afirma George Bush en una entrevista hecha a posteriori sobre aquella fatídica jornada. Los Estados Unidos, aquel país que desde la caída de la Unión Soviética ostentaba la supremacía mundial y se mostraba como un guía invicto sufría en su territorio nacional el azote de la guerra.
Aquí en España, justo a las 14.45 de un día de vacaciones escolares la gente salía de sus trabajos justo cuando los neoyorkinos iban a los suyos. En España comenzábamos a poner la mesa mientras en Estados Unidos comían esos desayunos titánicos a base de huevos y beicon. Ese día ocurrió una de las mayores catástrofes del nuevo siglo, y fue grabada minuto a minuto gracias a la modernísima tecnología por aquel entonces, hoy dia obsoleta. De ese día recuerdo el grito de sopresa desde el salón, ir allí y ver con mis ocho añitos la primera torre ardiendo, desde Canal Sur si no recuerdo mal. Todos mirábamos morbosamente la pantalla mientras la torre exhalaba humo y la presentadora lanzaba conjeturas de qué podía ser aquello. Un grito con carácteristico acento andaluz marcó el choque del segundo avión y otro grito en mi casa para ver otra columna de humo. Y así el derrumbamiento de las torres, mi padre entrando en casa calmadamente diciendo que lo había oído en la radio y más conjeturas en todos los medios de comunicación.
A día de hoy los recuerdos se mezclan con lo que vi después. No podría decir si yo vi in situ a los neoyorkinos saltar de las torres, si vi la enorme humareda arrasar las calles de Nueva York, sueño dorado de grandeza occidental o a Bush declarando la guerra que aún hoy día vive Occidente. Solamente recuerdo eso de aquel día, aquel impacto y la torre caerse, y luego la charlatanería cotidina en cualquier mercado con mil disparates y algunas verdades sobre lo ocurrido.
Creo que Occidente ha cambiado radicalmente desde entonces. Si antes era la Unión Soviética, ahora el látigo del miedo lo blanden unos barbudos escondidos en lugares que ni sospechábamos que existían hasta que al-Qaeda y Bin Laden se incorporaron a nuestro lenguaje diario de aquel principio de siglo como euro o Internet. Creo que este atentado ha marcado un periodo de declive en el que nos dimos cuenta que no estábamos en un pedestal, y otro 11, el de marzo, nos lo demostró aquí en España.
Y entre los niños mi edad, el cambio apenas supuso nada. Vivimos con él. Sabíamso que algo había cambiado, pero poco. Quizás cuando nos decían Oriente ya no pensábamos en Aladín, sino en tíos con chilaba y un kalashnikov o en aquellas dos torres derrumbándose entre conjeturas de periodistas que se perdían sin su guión del telediario. Recuerdo en en 3 de E.P.O (Primaria), comenzado cuatro días después del 11-S, la profesora dijo que había que traerse libros para formar nuestra particular "biblioteca" en la clase, y alguien se trajo un libro (creo que acerca de un gato) que vivía en Nueva York, y aparecían las dos moles retratadas en la ilustración. Alguien dijo que eso ya no valía, que podían "actualizar" el libro. Y la profesora dijo que desde luego, y lo depositó en la estantería.
Luego crecimos viendo en los telediarios las bombas que caían en Afganistán desde el verde fulgor de un visor nocturno norteamericano y la cara de Bin Laden, para irnos olvidándonos de aquello con otros problemas, como la entrada del euro, que era inminente. Y después vino otra guerra que sería fácil ganar, Irak, mientras Afganistán ya estaba "controlada", y otra vez visores nocturnos mostrando las bombas sobre las casa de Bagdad mientras Hussein se unía a los "most wanted" de la libertad y el capitalismo.
Sea como sea, yo ahora cada vez que veo las torres gemelas en películas o series (Taxi Driver, El vengador atómico o el capítulo 4f22 de Los Simpson) me parece tratar ya con un documento histórico, con un auténtico dinosaurio, y me recuerdo "tú las viste en pie".

jueves, 18 de agosto de 2011

Fanta Robertus: os la habeis cargado

Cada vez veo menos la tele, pero cada vez veo más cosas que me irritan. Aparte de la programación veraniega, que pondría a prueba a Santo Job (con sus espacios "refrescantes", sus cortinillas de estrella con efecto sonoro de chapuzón cada vez que cambiamos y sus paseos por las playas españolas para ver a Maruja haciéndoles bocadillos de salchichón a sus nietos) tenemos una ola de idiotez que parece ha asaltado a todos los directivos de marketing del país en este año 2011. Podría detenerme en el fallido intento de "buenismo" del anuncio de coca cola (también podríamos decir que mientras que una persona tiene una vida digna, dos viven en la misera), en el intento de Panrico de acercarse a la plebe (culitos tierrrrnos) o en el que más detesto de todos: el de Fanta Robertus.


El anuncio viene a anunciar unas "becas" para ser Personal Shopper, Fotógrafo 2.0 o Betatester (que a primera vista parecen unos Grados Medios con un nombre ampuloso) e ir a Nueva York (que super-mega guay)
El caso es que siendo sinceros, la idea no está mal. Oye, un viaje a Nueva York gratis aunque sea para sacarte un título no está mal. ¿No pedimos las paupérrimas becas Erasmus para irnos de borrachera a Italia o Malta? (y luego volver y tener que convalidar media carrera. Aunque desde que leí El guardián entre el centeno y vi Taxi Driver se me quitaron las ganas de pisar ese antro de perdición que espera una auténtica lluvia que barra las calles de escoria.
Pero lo realmente odioso es ese anuncio, que parece una diarrea del Media Maker en medio de un ataque de Anonymous.
El pedagogo ochentero que da una pedorata sobre autocontrol emocional que acaba distorsionándose en el universo de Tron no sé que ha hecho para merecer esto. Parece que quien le vendió las armas a los iraníes fue él y no Olliver North. Durante el vídeo, el protagonista se deforma en una catarsis visual informática del Windows 98 para decir todo tipo de obscenidades; eso sí, todo de un punto de vista muy postmoderno y contracultural, que parece que está de moda (nótese la antítesis). Un anuncio de campechanos y enrollados, sí señor, si son unos cachondos estos de Fanta, si no estuviesen tan ocupados convirtiendo nuestros sueños laborales en realidad harían botellón con nosotros y darían vueltas por Azeroth con su paladían de nivel 35.
En fin, supongo que suerte a los ganadores y esperemos que el anuncio desaparezca de la televisión porque es tralla para el cerebro.


sábado, 6 de agosto de 2011

Internet everywhere

Estamos ante una nueva generación de móviles, esos omnipresentes aparatos en nuestra vida cotidiana que nos mantienen a todos conectados y unidos desde los albores del siglo XXI. Los móviles han ido evolucionando hacia minicomputadoras personales, con tecnología futurista (en el 2006 todos flipábamos con lo táctil y lo extraplano), convirtiéndose en frívolos almacenes de personalidad con el fin de fardar ante tus amigotes y las chicas (y por supuesto hacer llamadas, mandar SMS y llevar música).
Ahora, esta nueva generación incluye móviles con internet las veinticuatro horas del día. Puedes conectarte en cualquier lugar y a cualquier momento, pues siempre tendrás internet. Tuenti, Facebook, Twitter y demás ilimitado para cientos de jóvenes que posean Blackberry, Galaxy o derivados. O que acceda a una red wi-fi. El entretenimiento perfecto para las clases aburridas, para pasar el rato en el autobús, para saber en todo momento dónde y qué hacen tus amigos y para poco más. Esto me crea la sensación de vivir en un mundo orwelliano postmoderno bastante chungo, donde en todo momento pueden saber qué hago o qué pienso. Afortunadamente, solamente cuando yo lo diga en mi Tuenti o Twitter, así que de momento no deberé doblepensar.
Las situaciones que ahora se crean con la omnipresencia de la red de redes en nuestras vidas son curiosas; un niñatillo pijo puede escribir, con su pésima ortografía influenciada además por el alcohol, la peasho fiestahh k se a pegao con sus ermanoss en torre laverah, escrito en el acto, en ese mismo momento en que apenas puede coordinarse para guiar el táctil por la pantalla de su Blackberry, mientras otro colega está vomitando al lado suya y dos amigos se lían entre los juncos de la playa de una tranquila localidad costera del Mediterráneo.
Esta inmediatez da miedo, pero es el producto de una sociedad más pegada a la pantalla (de lo que sea) que otra cosa. Porque hay que hablar después del rosario de fotografías que llegarán a la red social, borrosas, sin sentido, sacadas a lo más mínimo que se mueve, como a las botellas de alcohol o a unas chancletas abandonadas, con todos los asistentes al botellón playero etiquetados en dicha foto, que quedarán entre las miles y miles de ese chaval, entre las fotos en su patio de recreo y sus fotos de quedadas, almacenadas en esta realidad de la que mucho desconocemos que es Internet.

lunes, 25 de julio de 2011

Había una vez...

Había una vez, en una lejana ciudad interior de provincias, un grupo de quinceañeros que estaban terminando eso que por aquella época se llamaban estudios secundarios. A pesar de ir a un colegio de curas, aquellos chicos pasaban de la vida de Jesucristo. Años atrás, aquellos chicos iban peinados a ralla, con jerseis de cenefas y pantalones de pana, comprados por sus sobreprotectoras mamás. Sin embargo, a partir del año pasado algo comenzó a cambiar. Por alguna razón algo cambió en el todo, y dejaron de pegarles collejas e insultarles. Cuando echaron la vista atrás, se dieron cuenta que todos aquellos que los insultaban repetían, o hacían la secundaria para adultos o estaban siendo mamás. Eran libres.
Toda una transformación física se dió en ellos; sustituyeron sus jerseis de rayas por camisetas de Metallica o Nirvana, dejaron crecer su pelo hasta tener largos cabellos y empezaron a usar botas de cuero.
Intelectualmente, abandonaron los libros de Eragon, Dragonlance y el Señor de los Anillos para leer, sin comprenderlos muy bien, a Edgar Allan Poe o a Kafka. Los viernes no pernoctaban jugando al World of Warcraft o al Call of Duty, sino que salían al único pub de su ciudad con gente de su calaña. Y la vida seguía feliz su curso, al margen del mainstream, siendo felices de no ser borregos anonadados y creyéndose herederos del espíritu de Baudalaire y la boheme francesa, espíritu inflamado por la absenta sobrepreciada que el tipo del pub les vendía haciendo la vista gorda respecto a su mayoría de edad.
Cuarto curso pasó, y algunos entraron en el Bachiller, otros repitieron cuarto y algún despistado se metió en un Ciclo Formativo. Todos fueron a Artes o a Letras, salvo uno que quería ser médico, como el Che (en realidad su padre no podía concebir a su hijo de diseñador plástico de interiores) y se metió a Ciencias de la Salud. La vida seguía su curso, y conocían gente nueva, como a ese tipo que hacía un Grado Superior de informática con veintitrés años y les pasaba hierba o a un grupillo de chicas góticas que acababan de entrar al bachillerato de Artes.
Todo iba bien, algunos comenzaron a salir con las chicas y otros seguían su camino hacia otros derroteros, como manga o el rol. Sin embargo, hacia mediados de curso, algo comenzó a fallar. El sistema no funcionaba. Y no Sistema del conglomerado imperialista capitalista, ni el Sistema social, sino su sistema. Salvo los dos afortunados que habían pillado cacho, el resto estaba más caliente que el palo de un churrero. Y el porno no satisfacía la libidinosa sensación.
El que estudiaba Ciencias de la Salud cada vez los veía menos. Hacía tiempo que se cortó el pelo y cambió sus camisetas de grupos heavys por polos de El Corte Inglés, con marcas sobredimensionadas en la pechera, como estilaba la moda de ese año. Escuchaba la música, reducto de su pasado, de vez en cuando y a escondidas.
El año pasó, y comenzó segundo de bachillerato. Alguno repitió y comenzó a estudiar un ciclo formativo.
El resto comenzó segundo. Uno de ellos consiguió una novia gótica que hacía un ciclo formativo de peluquería tras repetir el bachillerato de Artes. Hacía tiempo que dejaron de leer a Poe y compañía, salvo uno que tenía claro hacer Filología Hispánica. El resto del grupo ya no tenía claro su futuro. Las camisetas pasaron a ser simplemente negras, desaparecieron las muñequeras de cuero y dejaban ver de vez en cuando por las discotecas en algún cumpleaños de alguien del mainstream que les invitaba. Del death metal pasaron a Linkin Park, y de Linkin Park acabaron con Juan Magan y los remix de Pitbull en su nueva Blackberry conseguida con puntos. El pelo largo e convirtió en loncha y las camisetas negras en camisas de Polo Ralph. Llegó la Selectividad. Uno no pudo ser médico y estudió fisioterapia. Salvo el que quería estudiar Hispánicas, el resto se decantó por Psicología, Derecho y Periodismo. El joven de vientitrés años pasó de militar en el PCE a entrar en el ejército, y las chicas góticas metamorfosearon rápidamente, dejando a Meyer por Federico Moccia.
Y ahora, uno de esos chicos sostiene una manguera en el jardín de su chalet de Torrevieja, mientras dirije miradas lujuriosas al BMW de su padre. Cuando se saque el carnet, quizás pueda ir a toda leche con lo último de David Guetta y dos pijitas de su Facultad de Derecho borrachas dispuesto a pasar la noche de viernes de su vida, tras ir al equivalente a Pachá de su ciudad, solo si su padre le deja el coche. Y tiene esos pensamientos casi lascivos, sin nigún remordimiento, mientras viste su vieja camiseta de Rammstein, que ha sido destituida a esos menesteres, descolorida y con el estampadado casi borrado, reducto de su ominoso pasado que nadie debe descubrir en su nueva Facultad.